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miércoles, 16 de junio de 2010

Braille: letras para los dedos (1)


Se ha dicho que el braille ha abierto las puertas del conocimiento y la cultura a las personas ciegas. Y ello es verdad porque, ¿puede considerarse culto a quien no puede leer ni escribir? Eso es justamente lo que permite el sistema braille, a través del sentido del tacto. Este sistema fue desarrollado por Louis Braille entre 1822 y 1825, fecha esta última oficialmente aceptada como la de su puesta a punto.

Cierto día, Valentin Haüy (1745-1822) fue testigo en París de cómo unas personas exhibían y humillaban a un grupo de ciegos. Conmovido, Haüy tomó una determinación y comenzó adoptando a un joven mendigo ciego para instruirlo. En 1784, el que sería conocido como padre y apóstol de los ciegos, fundó una institución para niños invidentes. Haüy, que era profesor de caligrafía, descubrió que los ciegos podían descifrar la escritura al tacto si las letras presentaban cierto relieve. Así consiguió que algunos de ellos aprendiesen a leer y se deshiciera el mito que confundía la ceguera con la falta de capacidad intelectual. Con su método, las personas ciegas podían leer. Incluso realizó unas adaptaciones para lograr mayor velocidad, por ejemplo, abreviando ciertas palabras. No obstante, las obras publicadas mediante tal sistema requerían una lectura sumamente lenta y los volúmenes eran poco manejables, pues llegaban a pesar hasta nueve kilos. Además, persistía un grave problema: no se podía escribir.

La institución pasó a ser financiada por el Estado en forma de Instituto Nacional para Niños Ciegos. A él llegó en 1819 un joven que había perdido la vista a los tres años: Louis Braille (1809-1852) era hijo de un talabartero en el pueblo de Coupvray (situado a unos 40 km al este de París) y, jugando en el taller familiar a la edad de tres años, se clavó una lezna en un ojo. Al parecer, la herida se infectó y, por simpatía, perdió también el otro ojo, quedando totalmente ciego. Sin embargo, ello no le impidió abrirse camino, pues era un chico vivaz e inteligente. A pesar de su merma sensorial aprendió a tocar el violoncello y el órgano. Su padre consiguió que el maestro del pueblo lo aceptase en sus clases y allí Braille demostró sus dotes como alumno. Más tarde, quizá en 1817 o 1818, el maestro tuvo noticias de la escuela de ciegos de París. Como la familia no disponía de recursos, a través de vecinos influyentes obtuvieron una beca y así, el 15 de febrero de 1819, a los 10 años de edad, Braille partió de su pueblo natal para residir en el colegio como interno.

En 1821 se presentó en el Instituto Charles Barbier de la Serre, un capitán de artillería del Ejército de Luis XVIII que sostenía haber creado un sistema que permitía leer a los ciegos. El director del Instituto, de entre todos los profesores y alumnos, convocó a Louis Braille para que valorase las posibilidades del invento de Barbier. La sorpresa y hasta el enojo del militar fueron, según parece, mayúsculos por semejante decisión. Braille contaba con 12 años de edad y el capitán no estaba dispuesto a que su “gran invento” fuera analizado y juzgado por quien él consideraba un “mocoso”. Braille, en cambio, se sintió maravillado. Sus dedos podían percibir perfectamente esos signos y, además, con ellos ¡se podía escribir!

El sistema de Barbier, que él denominaba con los nombres de escritura nocturna o sonografía, consistía en signos formados por la combinación de doce puntos, alineados en dos filas verticales de seis puntos cada una. La presencia o ausencia de puntos generaba cada grafía. Barbier lo había desarrollado para que los soldados pudieran comunicarse en la oscuridad (de ahí el nombre de escritura nocturna). Sus caracteres se podían escribir con una pauta y un punzón sobre un papel consistente y se leían con las yemas de los dedos. Pese al avance que ello representaba en relación al sistema de Haüy, el método tenía dos graves inconvenientes rápidamente detectados por Louis. Por una parte, los signos resultaban demasiado grandes, con lo cual no se podían percibir en su totalidad y de una vez con la yema de los dedos. Por otra parte, no constituía un alfabeto, sino una sonografía. Es decir, representaba los sonidos, pero no la ortografía de cada palabra.

Para subsanar estos problemas, Braille aportó a ese sistema dos modificaciones esenciales: redujo el tamaño de los signos (se pasó de los doce puntos iniciales a seis como máximo para cada signo, colocados en dos filas verticales de tres puntos cada una); por otro, lo transformó en un alfabeto. Mediante estos cambios, el llamado signo generador braille (los seis puntos) permitía obtener 63 combinaciones diferentes. Con ellas era posible representar todas las letras y otros signos fundamentales, como los de puntuación o los símbolos matemáticos y científicos.

Pese a que Louis Braille afirmó al publicar su método en 1827 que no había creado nada nuevo, sino que se había limitado a adaptar el método de Barbier, este último, lejos de mostrarse satisfecho por tal reconocimiento, permaneció hostil a los cambios y solo aceptó dichas modificaciones al final de su vida y a regañadientes.

Seguramente Braille efectuó tales afirmaciones llevado por su indudable modestia y bajo el efecto de muchas presiones. En este sentido es indiscutible que su método no se limitaba a efectuar una adecuación del anterior, sino que era algo nuevo. Además, no sólo inventó el alfabeto, sino que llevó a cabo una amplia labor de adecuación del sistema a las necesidades más diversas: lo adaptó a las matemáticas y a las ciencias, desarrolló un sistema de abreviaturas, y, lo que resulta más interesante, lo adecuó también para la música. Así, existe una llamada musicografía braille que es realmente muy inteligente, ya que transforma la escritura musical (que es vertical dentro del pentagrama) en otra horizontal y consecutiva; elimina el pentagrama e inventa un nuevo código para establecer el valor y la altura de cada nota. Hasta entonces, las personas ciegas debían aprender las partituras de memoria y exclusivamente de oído, ya que los intentos de Haüy por poner la escritura musical en relieve resultaron infructuosos. Por esta razón, actualmente se sigue utilizando la musicografía inventada por Braille, con algunas modificaciones.

Pese a lo expuesto y a las indudables ventajas que los cambios introducidos por Braille aportaban, tanto el sistema braille como su inventor chocaron con múltiples actitudes de rechazo. En primer lugar, con la ya aludida del capitán Barbier. En segundo término, la de los seguidores de Haüy, los cuales no estaban dispuestos a ceder terreno en el campo de la enseñanza al recién llegado. Y, por último, la de las personas con vista, que consideraban que el método de Braille –a diferencia del de Haüy- aislaba a los ciegos, dado que ellas afirmaban que no podían leerlo (cosa que no es cierta, ya que cualquier persona que ve puede leerlo con la vista si se lo propone). Así, tuvo lugar una paradoja aparentemente incomprensible: durante varios años el propio Louis Braille y sus compañeros ciegos utilizaron a escondidas el nuevo sistema dentro de los muros del Instituto, dado que el método llegó a estar prohibido.

Braille, además de efectuar los cambios señalados inventó en 1841 una pauta para escribir con su sistema y un aparato llamado rafígrafo, que desarrolló en colaboración con Françoise-Pierre Foucault, otro ciego ilustre. Ese aparato constituye un sorprendente antecedente de las impresoras matriciales y permitía escribir las letras comunes con puntos en relieve para comunicarse con las personas que ven. Por fin, en 1854 en Francia, se aceptó oficialmente el sistema braille. Veinticuatro años después, en 1878, se celebró en París un congreso internacional para analizar la situación educativa de las personas ciegas al que asistieron representantes de once países europeos. En dicho congreso, tras analizar los distintos sistemas empleados hasta ese momento para la lectura y la escritura, se llegó a la conclusión de que, de todos ellos, el braille era el que mejor se adaptaba al tacto.

Su creador, sin embargo, falleció sin conocer estos éxitos, ya que Louis Braille murió de tuberculosis en París el 6 de enero de 1852, a la edad de 43 años, y fue enterrado en Coupvray, su pueblo natal. Hoy sus restos descansan en el Panteón de Hombres Ilustres, no muy lejos del edificio (inaugurado en 1844) que aún ocupa el Instituto de Jóvenes Ciegos donde falleciera. Su casa natal es un museo dedicado a su persona y en el pueblo se erigió, ya en 1887, un monumento a su memoria. Asimismo, sus manos –símbolo de su capacidad creativa- se conservan en una urna en el cementerio local.

En 1932, se aceptó un braille para los países angloparlantes, que incluía signos no sólo para las diferentes letras y signos de puntuación, sino para combinaciones de letras habituales en ese idioma e incluso palabras de uso frecuente, como las conjunciones. Progresivamente el braille fue adoptado y adaptado por distintos países e idiomas, hasta que en 1950 la UNESCO creó una comisión encargada de establecer las bases por las que se regiría la adaptación a distintas escrituras, como por ejemplo la japonesa. En 1965, aparecieron códigos braille para la notación científica y matemática, y existen otros adaptados a la notación musical, la taquigrafía y a la mayoría de los lenguajes del mundo.

Hoy, aunque aún subsisten algunos problemas con el chino y el árabe, el sistema se halla adaptado prácticamente a todas las escrituras, dando el valor correspondiente a esas lenguas a cada uno de sus 63 signos. Igualmente, las nuevas tecnologías no han hecho más que confirmar las bondades del método. Así, su adecuación a la informática ha sido sencilla y hoy se dispone de ordenadores adaptados, de impresoras braille como terminales de ordenadores, y toda la producción bibliográfica se encuentra informatizada del mismo modo que sucede con la producción de libros en tinta. Es más, gracias a la llamada línea braille y a programas adaptados, las personas ciegas pueden navegar por Internet con la misma eficacia que lo hace una persona que ve.

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