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viernes, 1 de julio de 2011

1995-La matanza de Srebrenica: "Alá no puede ayudaros ahora" (y 3)


(Continúa de la entrada anterior)

¿Y qué pasó con los soldados holandeses que tuvieron un comportamiento tan poco honorable? Después de que los serbios se llevaran a los musulmanes de Srbrenica, la mayoría para ser asesinados, los holandeses negociaron la liberación de sus propios rehenes retenidos por el general Ratko Mladic. Después evacuaron la base bajo los atentos ojos de los serbios. Las cámaras capturaron la imagen del coronel Thomas Karremans bebiendo junto a Mladic y aceptando un regalo de despedida.

Cuando llegaron a Belgrado, los soldados holandeses celebraron su huida de una situación tan tensa, pero en Holanda, las fiestas eran lo último en lo que se pensaba. El pueblo holandés se hizo eco de las preguntas planteadas por los supervivientes musulmanes en Srebrenica: ¿Por qué hicieron tan poco por salvarlos? En algunos casos, los cascos azules incluso colaboraron en la separación de familias. El gobierno holandés dimitió en un escándalo en 2002 relacionado con su papel en Srebrenica, aunque se negó a pedir disculpas por sus acciones (o la falta de ellas). Una asociación de madres de Srebrenica ha llegado incluso a demandar al gobierno holandés por mil millones de dólares en daños por no proteger a sus hijos.

Hay numerosas razones por las cuales los holandeses no protegieron a los musulmanes de Srebrenica. Las dos más relevantes fueron que estaban totalmente superados en número y armamento y que su misión les impedía expresamente cualquier intervención directa. La primera razón tiene más peso que la segunda; Thomas Karremans solicitó apoyo aéreo, una acción que probablemente hubiera salvado las vidas de los musulmanes si las Naciones Unidas hubieran respondido con la energía necesaria. Pero aunque la misión holandesa no era la de impedir que los serbios se llevaran a los musulmanes, todo el mundo vio lo que allí estaba sucediendo y un comandante diferente, más valiente y enérgico, podía haberse negado a dejarse amenazar por el bruto de Mladic, optando en cambio por proteger a los civiles indefensos.

En octubre de 2007, doce antiguos cascos azules holandeses volvieron a Srebrenica. Muchos de ellos lloraron cuando las mujeres musulmanas les gritaban: “¿Por qué traicionasteis a nuestros niños bajo la bandera de la ONU?” Uno de los soldados holandeses le dijo a un periodista: “Siento la misma impotencia que en aquellos días. Sentirse incapaz de hacer algo es un sentimiento horrible que me ha acosado durante años”.

Además de los hombres que habían sido separados de sus familias y llevados a los diferentes
campos de la muerte, había otro importante grupo, quizá de 15.000 personas, que intentó escapar de los serbios abriéndose paso por el agreste terreno hasta Tuzla, a unos 56 km de distancia. Muchos de estos hombres eran soldados musulmanes que trataban de escapar, aunque había civiles entre ellos. Los serbios habían establecido un estrecho cordón alrededor de Srebrenica intentando bloquearlos. La mayoría de los agotados refugiados tenían poca comida y agua y no estaban armados.

Los serbios, algunos de los cuales llevaban cascos de las tropas de la ONU –robados de Camp Bravo, de donde los holandeses se habían marchado- patrullaban arriba y abajo por las carreteras rurales mientras, a través de megáfonos, gritaban: “Rendíos. Curaremos vuestras heridas”. “Rendíos y podréis ir a donde queráis”.

Miles de musulmanes se rindieron; descendieron de las colinas y los bosques con sus manos sobre las cabezas. Hay filmaciones de video tomadas por cámaras serbios que muestran ese momento. Los musulmanes rindiéndose porque ya no pueden más, heridos y hambrientos, los serbios sosteniendo sus armas y bromeando entre ellos.

Los serbios pusieron en fila a algunos de los musulmanes y los fusilaron inmediatamente. A otros les cortaron la garganta. Los que veían esto desde la linde del bosque, empezaron a suicidarse. Otros musulmanes fueron llevados a las misma nave en la que había estado Suljic. Allí, varios
prisioneros redujeron a un centinela y lo mataron, momento en el que los serbios tiraron granadas al interior del almacén y ametrallaron a los que intentaron salir. Murieron más de doscientos. A otros se los llevaron a un campo de fútbol cerca del pueblo de Nova Kasaba. Los obligaron a sentarse durante horas con sus manos atadas a la espalda. También aquí apareció el general Mladic: “Todo saldrá bien” les dijo. Pero los serbios los sacaron de allí, les dispararon y los enterraron en zanjas.

Al final, entre 3.000 y 4.000 hombres consiguieron alcanzar las líneas musulmanas en Tuzla, la mayoría de estos soldados habían tenido que esquivar emboscadas, arrebatar armas a los serbios y matar a varios enemigos. Otros 2.000 deambularon por los bosques durante meses, evitando a los serbios. Algunos fueron asesinados, otros murieron de hambre; otros consiguieron, por fin, alcanzar posiciones seguras.

En su mayor parte, las mujeres y los niños de Srebrenica llegaron a Tuzla, aunque los autobuses fueron detenidos numerosas veces en el camino por puestos de control serbios, donde los soldados buscaban hombres vestidos con ropas femeninas. Algunas de las mujeres fueron violadas.

En los campos de la muerte se utilizaron palas excavadoras para tapar las zanjas llenas de cadáveres. Estas tumbas masivas, que fueron detectadas por aviones espía norteamericanos utilizando tecnología infrarroja, junto a las historias de los supervivientes que habían comenzando a llegar a Tuzla, descubrieron a los serbios. Ni los Estados Unidos ni las Naciones Unidas habían hecho nada por detener a los asesinos en Srebrenica; pero esta masacre fue la última gota. O casi.

El 28 de agosto, las fuerzas serbias que asediaban Sarajevo, dispararon morteros a un
animado mercado matando 37 civiles e hiriendo a 90. A diferencia de la matanza de Srebrenica, este injustificado y sangriento ataque sin valor militar alguno tuvo lugar ante las cámaras de todo el mundo. Las potencias internacionales se vieron obligadas por la opinión pública a intervenir. El 30 de agosto, los Estados Unidos comenzaron una campaña de bombardeos contra el ejército serbio, destruyendo rápidamente sus instalaciones, infraestructura y capacidad de combate. En noviembre de 1995, los serbios ya estaban dispuestos a firmar el acuerdo de paz de Dayton, que terminó la guerra con una Bosnia rota, con los serbios controlando el 49% del territorio.

Las masacres de más de 8.000 hombres musulmanes en la “zona segura” de Srebrenica estuvieron bien planeadas y organizadas. La experiencia de Hurem Suljic, aunque atípica en el hecho de que sobreviviera, es un modelo de lo que sucedió: los hombres eran llevados a puntos de reunión, como almacenes o escuelas, retenidos allí, torturados y golpeados, y luego subidos en plena noche a camiones para llevarlos a lugares alejados, donde se les disparaba y enterraba. Y, sin embargo, estos prisioneros podrían haber constituido una baza mejor para los serbios si los hubieran mantenido con vida, como rehenes o para utilizarlos en intercambios de prisioneros. Hay quien especula con la teoría de que las extrañas visitas de Mladic a los prisioneros respondía a su dilema sobre si matarlos o no, pero el general serbio jamás llegó a contactar con ninguna autoridad musulmana para tratar de organizar un intercambio de prisioneros.

Parte del genocidio consiste en matar a personas incluso cuando no sacas nada provechoso de ello –asesinar científicos y médicos judíos, o maestros y hombres de negocios armenios, por ejemplo- y, en último término, Mladic y Karadzic se dejaron guiar no por consideraciones de tipo práctico, sino por puro racismo. Querían vengar masacres cometidas por los turcos cientos de años antes, el dolor que sufrieron los serbios en la Segunda Guerra Mundial (los padres de Mladic murieron asesinados por nazis croatas). Y actuaron con semejante desfachatez, porque la débil respuesta de la ONU les indujo a pensar que eran más poderosos de lo que en realidad eran.

Tras el fin de la guerra, Ratko Mladic dimitió como comandante de las fuerzas serbob
osnias para vivir con su mujer en un bungalow dentro de un cuartel del ejército serbio, en un complejo de alta seguridad construido por Tito. A pesar de estar acusado formalmente de genocidio, complicidad en genocidio y crímenes contra la humanidad por el Tribunal Internacional, vivió tranquilamente y sin esconderse, incluso cuidando de un rebaño de cabras. Despareció después de que el antiguo presidente yugoslavo, Slobodan Milosevic, fuera arrestado en 2001 y sometido a juicio en La Haya (murió mientras esperaba). Mladic sólo fue “encontrado”, capturado y entregado por el gobierno serbio en 2011, probablemente respondiendo a intereses políticos bastardos (la recompensa ascendía a 10 millones de euros)

Radovan Karadzic, acusado de los mismos crímenes, había desaparecido incluso antes, escondiéndose “a plena vista” en Belgrado. Trabajaba como especialista en medicinas alternativas bajo el nombre de Dragan Dabic, dejándose una larga barba blanca, dando conferencias y escribiendo artículos en revistas. Se llamaba a sí mismo “explorador espiritual” y afirmaba en su página web ser un investigador “en los campos de la psicología y la bioenergía”. Incluso frecuentaba un bar local en cuyo interior colgaba uno de los carteles en los que se reclamaba su captura, tocando música allí y cantando canciones para los clientes. Fue finalmente arrestado en julio de 2008 y está esperando juicio.

Aunque estos dos hombres sean finalmente condenados por crímenes de guerra, Srebrenica
nunca volverá a ser la misma. Sólo hay unos 4.000 musulmanes en la actual Srebrenica -ahora ciudad serbia- y sus alrededores. Antes de la matanza había 25.000. Aunque las páginas web locales han vuelto a hablar de su belleza pastoral y sus manantiales de aguas medicinales, la mayor parte de los musulmanes que aún viven aquí son mujeres y niños que perdieron a maridos, hijos y padres. Es una ciudad poblada por los fantasmas de los muertos y los espíritus, ya marchitos, de los vivos.

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