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sábado, 7 de junio de 2014

Los rascacielos – la hermanación entre arquitectura e ingeniería.


La arquitectura moderna de los rascacielos, que tan acostumbrados estamos a ver en nuestros días, encuentra su desarrollo a lo largo de todo el siglo XX. Pero todos estos edificios surgieron tras un largo y difícil proceso de experimentación que comenzó a finales del siglo XIX con la denominada Escuela de Chicago, y que aún ahora, a comienzos del siglo XXI, parece continuar.

La arquitectura moderna comienza a formularse a finales del siglo XIX y principios del XX como reacción al caos estilístico dominante. Si los primeros años del XVII significaron la vuelta a las formas clásicas, cuando lo clásico dejó de servir como punto de referencia nacieron los revivals, la imitación de los estilos del pasado, se planteó la necesidad de crear un estilo completamente nuevo, apoyado en los nuevos materiales y procesos constructivos, que fuera válido para nuevas estructuras. Eran los años de revolución industrial, que proporcionó nuevos métodos y materiales constructivos, pero que también planteó nuevos problemas. La nueva sociedad industrial demandaba nuevos edificios para sus nuevas necesidades, se requería un nuevo estilo que fuera útil también para la construcción de fábricas, estaciones de ferrocarril o almacenes, para los que no se tenía modelo alguno. Los estilos pasados no eran adecuados para estas necesidades.

Con esta motivación, comenzó una serie de discusiones teóricas acerca de cómo debía ser la nueva arquitectura. Había que basarse en los métodos existentes y doblegarse a las exigencias de la función del edificio; sus formas debían ser depuradas, eliminando todos los restos de lo histórico, y, además, debía reflejar los adelantos humanos y resolver las nuevas situaciones creadas por la industrialización.

Fue en este clima de debate en el que nació el denominado en un principio edificio en altura, lo que hoy se conoce como rascacielos. Si se tuviera que definir estas nuevas construcciones, se haría con tres características esenciales: el edificio en altura es aquel que tiene ascensor, estructura metálica de más de tres pisos y sistema anti-incendio.

El ascensor fue inventado en Chicago (EE UU) en 1850, y, tres años más tarde, se dio a conocer en la Feria de Nueva York. Los primeros ascensores eran plataformas de carga; más adelante se adaptaron para personas. Hacia 1860, algunos hoteles y grandes almacenes comenzaron a incluir ascensores de pasajeros realizados en hierro. A partir de 1875, los ascensores se convirtieron en algo común en Chicago, tanto que los edificios que lo tenían se denominaban elevator building. Los primeros ascensores eran de vapor; más tarde pasaron a ser hidráulicos; mientras que los eléctricos no se utilizaron en Chicago hasta 1887. El precio de los inmuebles con ascensor comenzó a subir, de manera que los pisos altos se convirtieron en los más caros. El impacto del ascensor fue enorme, lo que ayudó a que la ciudad se extendiera de forma vertical y no horizontalmente.

Antiguamente, los edificios se levantaban a partir de una estructura de madera y un recubrimiento
también de madera o de piedra. Más adelante, se comenzó a utilizar el hierro, lo cual no eliminó el riesgo de incendios, ya que al igual que la madera, el hierro era combustible si no tenía un revestimiento adecuado. El nuevo sistema anti-incendios consistió en cubrir la viga metálica con un revestimiento de cerámica a prueba de incendios.

El uso del hierro constituyó uno de los elementos más innovadores de la nueva arquitectura traída con la revolución industrial. Se habían descubierto ya las ventajas del uso del hierro en la arquitectura, puesto que incluso pequeños elementos de hierro eran capaces de sostener la misma carga que un pilar de piedra, de manera que el edificio podía crecer en altura sin miedo a su derrumbamiento. Así se había demostrado con la Torre Eiffel, un prodigio arquitectónico realizado por entero en hierro.

La estructura metálica comenzó a emplearse a partir de 1850, sobre todo en los frentes de los edificios. Esto permitía que el muro fuera más fino y se pudieran abrir más ventanas sin riesgo de derrumbamiento, de forma que entraba más luz en el interior. Aun así, todavía a finales del siglo XIX, las fachadas eran de hierro, pero las vigas eran todavía de madera o hierro sin revestir.

La confluencia de todas estas novedades constructivas determinó la creación de edificios cada vez con una mayor altura. Los pisos se multiplicaban gracias al empleo de la estructura metálica, que sostenía el peso de los muros, a la vez que permitía que se abrieran vanos. Lógicamente, estos edificios no tenían ningún sentido sin un ascensor que permitiera el acceso a las plantas superiores. Y junto a esto, el nuevo sistema anti-incendio permitiría, mediante la utilización de materiales incombustibles, la eliminación de casi todo riesgo de incendio, que era muy alto en los edificios realizados en madera.

Chicago fue el lugar donde se plasmaron primero estas novedades constructivas. Tras su fundación en
1780 y gracias a su situación privilegiada a orillas de los Grandes Lagos, la ciudad fue rápidamente creciendo no sólo en población, sino también en extensión. El 8 de octubre de 1871 se declaró un incendio que arrasó prácticamente todo Chicago. Este espectacular incendio quemó todos los edificios de la ciudad, que estaban construidos según el sistema del balloon-frame, una estructura hecha con vigas de madera unidas con clavos que se levantaba sobre una estructura de cemento.

Inmediatamente comenzó la reconstrucción de la ciudad. A partir de los años 80, los edificios comenzaron a sobresalir en altura, a partir de cinco pisos, buscando su rentabilidad. Los edificios en altura significaban el nacimiento de un nuevo vocabulario y una nueva estética y, por lo tanto, de una nueva imagen urbana. Esto marcó la eclosión arquitectónica de la ciudad y el establecimiento de la denominada Escuela de Chicago, constituida por una serie de innovadores arquitectos que emplearon en sus construcciones todas las novedades a su alcance.

El boom del edificio en altura, que comenzó entre 1880 y 1885, fue posible gracias a algunas invenciones técnicas. En primer lugar, la estructura de esqueleto en acero, perfeccionada sobre todo por William Le Baron Jenney en el Letter Building (1879) y el Home Insurance Building (1884) –considerado éste el primer rascacielos de la historia-, que permitió aumentar la altura y abrir grandes ventanas. Por otra parte, se propusieron nuevos sistemas de cimentación en piedra, que en 1894 se sustituyeron por el cemento.

La primera generación de arquitectos de Chicago fue la encargada de aplicar en sus edificios todas estas novedades, desarrollando los nuevos sistemas y mejorándolos. Chicago se convirtió en el centro de experimentación de los nuevos edificios en altura. Junto a Le Baron Jenney, Henri Hobson
Richardson fue uno de los más influyentes arquitectos de la ciudad, donde construyó en 1886 el primer edificio de grandes almacenes, el Marshall, Field & Co Building. A partir de entonces, los edificios comenzaron a superar los 10 pisos. En 1891, los arquitectos Burnham y Root construían el Monadrock Building, de 16 pisos, pudiéndose permitir ya realizar un juego de líneas curvas en la fachada a través de las ventanas. Fueron precisamente estos arquitectos los que realizaron el edificio más alto de Chicago en aquella época: el Masonic Temple (1892), que llegó a los 22 pisos y los 90 metros de altura.

Otro arquitecto innovador fue Louis Sullivan, que se planteó que la característica constitucional de un rascacielos radicaba en la existencia de muchos pisos iguales. De hecho, prescindiendo de uno o dos pisos inferiores y del último, los pisos intermedios eran tantos que no se podían diferenciar. El reto estaba, por lo tanto, en la superación del ritmo repetitivo de los pisos. Para solucionar este
problema, Sullivan propuso tratar la zona intermedia de forma unitaria, destacando las líneas verticales, para diferenciarla así de la zona del basamento y del ático, que son horizontales. De esta forma nació el verticalismo, característico de los edificios de Sullivan, que se manifestó en los Wainwright (1890-91) y Guarantee (1904), o en los almacenes Carson, Pirie & Scott (1899-1904).

Durante el periodo de prosperidad económica que se extendió entre la Primera Guerra Mundial y la crisis de 1929, la producción de edificios fue muy intensa y las ciudades americanas cambiaron de aspecto. La actividad de la ciudad se concentraba en el centro, y alrededor de él se situaban los barrios residenciales, que servían como lugar de ocio y descanso de sus habitantes. Fue en el centro de las ciudades donde se condensó la construcción de los rascacielos, edificios derivados de los antiguos tipos de edificios comerciales planteados en Chicago.

El problema que se les presentó a todos los arquitectos a la hora de construir rascacielos derivaba del
gran número de ventanas, que desde lejos daban a estos bloques el aspecto de inmensas colmenas. Esto se resolvió agrupando las ventanas en sentido vertical, mediante potentes nervaduras que acentuaban el verticalismo. Este fue el problema que Sullivan se planteó, pero que no resolvió satisfactoriamente.

En esta época fue Nueva York, cada vez más rica y próspera, la que recogió el testigo de Chicago en cuanto a la construcción de rascacielos. El deseo de tener las oficinas en el barrio bancario y el afán de propaganda de las grandes empresas de la ciudad hicieron que, a principios del siglo XX, las edificaciones comenzasen a multiplicar su número de plantas. Gracias al empleo del hierro a gran escala, al hormigón armado, al vidrio y a la peña viva del subsuelo de Manhattan –la parte central de la ciudad-, los arquitectos neoyorquinos pudieron elevar sin temor gigantescos edificios. Y también, gracias a la electricidad, pudieron iluminarlos y hacerlos accesibles con los ascensores.

En 1916, se publicaba en Nueva York, la Ley de Zonas, que obligaba a respetar una cierta proporción entre la altura del edificio y la anchura de la calle. En términos generales, el edificio no podía salir de una pirámide ideal cuyos lados inferiores estaban en el eje de la calle, lo que produjo un retranqueamiento progresivo de los cuerpos más elevados.

El edificio Flatiron (1900) tenía sólo 20 plantas, pero presentaba una estructura curiosa en forma triangular –como la de una plancha, como reza su nombre-, debida a que estaba situado en la intersección de dos calles. El Woolworth Building (1908), obra de Cass Gilbert, con 45 plantas y 140 metros de altura, se convirtió en el edificio más alto del mundo cuando fue erigido en un estilo neogótico. Igualmente con un estilo gótico se construyó en 1922 el edificio del diario Chicago Tribune, un proyecto a cuyo concurso se presentaron las ideas más innovadoras del momento, pero que optó por la vuelta a lo clásico.

En los años veinte y treinta del siglo XX, los rascacielos se comenzaron a decorar buscando un estilo
que los diferenciara de los demás. El Chrysler Building, construido entre 1928 y 1930 por William Van Allen, con 319 metros de altura, se alzó como uno de los edificios más bellos de la ciudad, ya que en él confluían ornamentaciones art-déco, motivos expresionistas y elementos propios de la marca de coches que lo promocionó.

En 1931, la altura del Woolworth fue ampliamente superada con la construcción del Empire State Building, diseñado por la firma de arquitectos Shreve, Lamb & Harmon Associates. Con sus más de 380 metros y 102 pisos, se convirtió en el edificio más alto del mundo y en el más emblemático de la ciudad. Desprovisto ya de los elementos neogóticos, su enorme estructura retranqueada se remató más adelante en la parte superior con un observatorio y una antena de telecomunicaciones.

Mies Van der Rohe, arquitecto alemán, diseñaba en 1919 y 1922 un proyecto para un edificio de oficinas en Berlín, además de otro del mismo tipo en hormigón armado. Estos proyectos no se llevarían a cabo, pero influyeron decisivamente en la arquitectura moderna no sólo europea sino sobre todo norteamericana. Al retranquearse los soportes de la fachada, y gracias al empleo del aluminio, el muro se convertía en una superficie de cristal sólo interrumpida por delgados listeles.

En 1938, el arquitecto fue llamado a EEUU como profesor de arquitectura. Todas sus ideas arquitectónicas las llevaría a cabo en la ciudad de Chicago, donde realizó el edificio de apartamentos de Lake Shore Drive (1951), con una estructura de acero cubierta por paredes uniformes de cristal, donde todo depende de unas pensadísimas proporciones.

En 1959, realizaría su rascacielos más importante en Nueva York, el Seagram Building. El edificio
había sido construido con medios excepcionales: partes metálicas de bronce, paneles de mármol pulido y cristal rosado. Su construcción fue carísima, no sólo por los materiales, sino también porque se quiso dejar libre la pequeña plaza situada frente al edificio, con lo que se renunció a buena parte de lo que se podía construir sobre el terreno. El arquitecto fue muy criticado por el carácter purista de su edificio, por la ausencia de elementos decorativos, en una estructura recubierta por un muro-cortina de vidrio. Sin embargo, el Seagram se convirtió en un prototipo que sirvió de base para muchas otras realizaciones posteriores.

En los años inmediatos a la posguerra se buscó una cierta renovación en los rascacielos, siendo preciso encontrar una tipología distinta de la de los grandes edificios de oficinas en forma de torre. El primer intento se produjo en la construcción de las sede de las Naciones Unidas en Nueva York. Para ello se nombró en 1947 una comisión consultiva de varios países, en la que figuraba el francés Le Corbusier,
que realizó un proyecto en tres partes que incluía la construcción de dos rascacielos perpendiculares con forma de paralelepípedo. El edificio fue finalmente realizado por los arquitectos Harrison y Abramowitz entre 1948 y 1950, quienes acentuaron aún más los contrastes propuestos por Le Corbusier. Fueron estos dos arquitectos los que en 1952 realizaron en Pittsburgh el edificio del ALCOA, completamente revestido de paneles de aluminio con forma de diamante rehundido.

A partir de 1945, los rascacielos se caracterizaron por el eclecticismo de formas, sin una tipología
única, estando inmersos en una continua experimentación de formas y materiales, en un intento por resultar cada vez más novedosos y atractivos. Un elemento casi constante fue la utilización del muro-cortina que ocultaba la estructura interior del edificio, siguiendo las directrices de Mies Van der Rohe, una fachada totalmente realizada con paneles ligeros. En ocasiones se volvió a los elementos clásicos y los estilos del pasado. Sin duda, el aspecto más desconcertante de esta nueva arquitectura fue la rapidez con que cambian las cosas, lo que propicia una continua búsqueda de elementos nuevos y la no-repetición.

En 1973, el Empire State Building sería desbancado como edificio más alto de Nueva York por las dos torres gemelas de World Trade Centre. El arquitecto Yamasaki ideó la construcción de dos
rascacielos completamente iguales con 107 pisos, que superaban la altura de cualquier otro edificio de la ciudad.

La constante innovación es también la característica principal de los rascacielos construidos hoy en día. Se busca sacar el mayor partido de los materiales y la tecnología, que se encuentra en continua evolución. Se busca lo nuevo, lo nunca antes realizado, por eso no hay terreno para la repetición. Actualmente, los rascacielos pueden encontrarse no sólo en Nueva York o Chicago, sino en la mayoría de las ciudades desarrolladas.

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